Un proceso de paz largo no es necesariamente mejor / Análisis

Con el anuncio de Santos y la reelección, las Farc van a querer eternizar la negociación.

Al poner sobre la mesa esta semana su carta más fuerte para la reelección –un acuerdo de paz definitivo con las Farc–, el presidente Juan Manuel Santos dio por hecho que la negociación con esta guerrilla se tomará más tiempo del que esperaba.

Esto, que al principio lo mortificaba, que ha sido punto de tensión en La Habana y cuyo quiebre algunos verán hoy como mero cálculo electoral de Santos, es, frente a la negociación, un acto de realismo.

Si bien ni el Presidente ni el país quieren ni aguantarían negociaciones eternas, en el mundo han sido más escasas las cortas que las largas. Lo demuestra un balance de 25 procesos de paz del español Vicenç Fisas, que por varios años hizo para la ONU el corte de cuentas de los diálogos para terminar conflictos.

Los procesos de paz han pasado por extremos impensables, como el de Armenia-Azerbaiyán, que duró 23 años, y el de India, que fue de 16, y por casos rápidos, de 8 meses, como el de Indonesia. Es el único que ha gastado menos de un año.

El siguiente más corto fue el de Nepal, de un año, pero de ahí en adelante, con excepción del de Senegal, ninguno duró menos de dos.

Similitudes con Guatemala

El de Colombia, como es obvio, ya no fue de meses. Pero hacerlo en un tiempo razonable es el nuevo desafío, ahora que, ante la campaña de reelección de Santos, la segura tentación de las Farc será estirarlo.

En conversaciones informales, delegados de esta guerrilla suelen mencionar la negociación de Guatemala, de seis años –de 1991 a 1996–, como ejemplo de que la paz no puede hacerse a las carreras. Allá la negociación con la Unidad Revolucionaria Nacional pasó por tres presidentes.

La parte buena de la historia es que el proceso de paz nunca se rompió y esta guerrilla firmó la paz con el político de derecha Álvaro Arzú. La mala, que en este mismo gobierno fracasó el referendo sobre los cambios constitucionales que requería el acuerdo. No pocos atribuyen el fracaso a que Arzú no estaba interesado en los acuerdos y no cumplió su promesa de promover el referendo.

Aunque otras negociaciones han ido a la par de campañas presidenciales y legislativas, el parecido nuestro con Guatemala es algo que las Farc no deberían pasar por alto.
Santos, que se la juega por el proceso de paz, es una opción para el siguiente periodo presidencial, pero otros, como el uribista Óscar Iván Zuluaga, con todo y su actual bajo perfil, son una probabilidad.

Aquí es donde entra la opinión pública, a la que hay que convencer con resultados y a la que las Farc suelen ignorar. Y un proceso de paz largo no significa mejor, como bien lo muestra la historia guatemalteca.

MARISOL GÓMEZ GIRALDO
Editora de EL TIEMPO
Twitter: @margogir

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